Solo existen dos momentos en la vida que todos debemos cumplir: el nacimiento y la muerte.
Era un sábado de mayo. El calor intenso desde temprano provocó que Ana se despertara antes de lo normal. Se sentó en su lado de la cama, miró el reloj eléctrico en la mesa de noche: 5:32 a. m. Ya volver a dormir no tenía sentido.
Se puso de pie. Sus pies descalzos disfrutaron el frío de la cerámica. Se puso el camisón turquesa y bajó las gradas procurando no despertar a sus hijos.
Fue directo a la cocina, encendió la luz, acomodó el cabello en una cola alta. Ese gesto le recordó que era la forma en que a Joaquín le gustaba verla. La memoria la hizo sonrojarse ligeramente.
Sacó unos huevos, cortó cebollino fino, hongos frescos y queso. Estaba haciendo un omelette, el desayuno favorito de Joaquín.
La cocina era su lugar especial, donde el tiempo se detenía y sus manos lograban creaciones que cualquier restaurante cinco estrellas desearía tener en su menú. Había sido chef, hasta que el segundo hijo llegó y ambos decidieron que ella sería madre de tiempo completo. Por eso, cuando tenía tiempo de cocinar, lo aprovechaba sin culpa.
Miraba el calor del sartén y recordaba: la primera cena que le preparó a Joaquín, las navidades donde empezaba a cocinar días antes para completar el extenso menú familiar. Pero también recuerdos dolorosos. Como aquella tarde en que estaba frente a los fogones cuando llegó la llamada de que su padre había muerto. Ese día no pudo terminar de cocinar. Se quedó sola en una esquina, llorando. Su padre era su mejor amigo, el único hombre que la entendía del todo.
El café se estaba preparando. Para sus hijos —Roberto de cinco años y Daniel de doce— había otra cosa: panqueques con arándanos.
El primero en bajar fue Roberto. El olor fue la alarma perfecta.
—Mami —dijo mientras se rascaba los ojos.
—Buenos días, mi amor. ¿Cómo dormiste?
—Bien. ¿Estás haciendo panqueques?
—Sí, amor. Con arándanos.
La sonrisa inicial de Roberto se hizo mucho más grande.
Unos minutos después bajó Daniel, saludó de beso a su madre y jugó un rato con Roberto hasta que Ana los llamó a la mesa.
Fue entonces cuando notó algo extraño. Joaquín no había bajado. No era hombre de sueño pesado y el desayuno familiar del sábado era una costumbre invariable.
—Daniel, haceme un favor. Subí a despertar a tu padre.
Daniel asintió y subió rápido.
Pasaron unos minutos.
Silencio.
No escuchó a Daniel. No escuchó a Joaquín.
—¡Daniel! ¡Joaquín! ¡El desayuno está listo! —gritó.
Nada.
Ana miró a Roberto. Él la miraba extraño, los ojos cafés llenos de algo que todavía no entendía.
Un frío le bajó por el cuerpo. El mismo que había sentido el día de la llamada sobre su padre.
—Roberto, quedate aquí. Ya vengo.
Subió rápido. El corazón le palpitaba fuerte.
Entró al cuarto.
Daniel estaba parado junto a la cama, mirando a su padre. Cuando escuchó a su madre, levantó la cara. Estaba llorando.
—Mami, papi no respira.
Ana sintió esa frase como una daga. Corrió al lado de Daniel.
—Daniel, salí. Bajá y quedate con Roberto.
Daniel no discutió. No respondió. Solo obedeció.
Ana se acercó. Las lágrimas ya caían. Puso el oído en el pecho de Joaquín.
Nada.
Revisó el pulso.
Nada.
Solo un cuerpo frío.
El llanto que vino después era el de una esposa que estaba entendiendo, en tiempo real, que había perdido a su marido.
Abajo, Daniel abrazaba fuerte a su hermano. Ambos lloraban. Lo que iba a ser un sábado en familia se estaba convirtiendo en un recuerdo que ninguno de los dos querría tener.
…
El funeral fue un martes. Un aguacero torrencial acompañó todo. Como si el cielo entendiera lo que una familia de Santa Ana estaba sufriendo.
Ana llegó con su madre. Roberto y Daniel no se separaron de ella en ningún momento. El ataúd era de pino, café claro. Elegante pero simple, tal como Joaquín lo habría querido.
Las condolencias llegaban una tras otra. Familiares, amigos, conocidos. El murmullo colectivo tenía algo de canción fúnebre. Todos preguntaban lo mismo, con distintas palabras, porque nadie terminaba de creerlo: Joaquín era un hombre joven. Ingeniero industrial, deportista de toda la vida. Triatlonista en su juventud. Ya no competía, pero entrenaba con una disciplina casi religiosa: la bici, la academia de natación los martes y jueves, las salidas a correr en la madrugada. A menos que amaneciera lloviendo. Esos días Joaquín prefería quedarse abrazado con Ana.
Un infarto. Esa sería la razón por la que Joaquín no bajó el sábado a desayunar con su familia.
La ceremonia religiosa fue breve, como él había pedido en esas conversaciones incómodas que alguna vez tuvieron sobre la muerte. El sacerdote que los casó dieciséis años atrás ofició. Diego, su mejor amigo, dio unas palabras que arrancaron risas y lágrimas por igual. Nadie supo bien cuándo pasó de una cosa a la otra.
Todo esto mientras Joaquín yacía en su caja de pino, con los brazos cruzados.
Después de la ceremonia, lo llevaron al cementerio Piedades de Santa Ana. Entre la lluvia, Ana, los niños, Diego, y un puñado de personas que de verdad lo querían, miraron cómo la caja bajaba lentamente al lugar donde el cuerpo de Joaquín descansaría para siempre.
El golpe de la lluvia contra la madera solo era opacado por los sollozos.
…
La lluvia había tomado un descanso.
Daniel dormía junto a Roberto. Ambos abrazados, ambos intentando procesar lo que estaban viviendo. Ambos deseando que solo fuera un mal sueño, que al despertar sería ese sábado otra vez, y los panqueques de arándanos estarían listos, y su padre estaría sentado a la mesa comiendo el omelette que les hacía su madre.
Ana estaba acostada en su lado de la cama, todavía con la ropa puesta. Los ojos bien abiertos.
—Ahora sí vas a poder descansar, Joaquín.
Fue lo único que se pudo distinguir de la conversación que Ana tenía a solas.
…
A solo diez kilómetros, y dos metros bajo tierra, estaba el cuerpo de Joaquín. Traje negro, camisa blanca, zapatos negros lustrados. Como si lo hubieran vestido para una cena de gala.
La lluvia empezó nuevamente. Cada golpe en la tierra era como una señal.
Joaquín abrió los ojos.
Oscuridad absoluta.
Intentó moverse. Sus manos tocaron madera por todos lados. No entendía qué pasaba. Su último recuerdo real había sido la noche del viernes, mirando televisión, cuando su esposa llegó con un té para que pudiera dormir mejor.
Patadas.
Golpes.
Gritos.
Un intento desesperado de salir del lugar donde estaba despertando.
Existen dos momentos en la vida de todo hombre que deben cumplirse. Joaquín había nacido un domingo a las siete de la mañana.
Pero aún no había muerto.
Antes de irte…
Si esta historia te dejó un vacío en el estómago, entonces logró exactamente lo que buscaba.
Escribo historias sobre personas obligadas a tomar decisiones imposibles… y a vivir con las consecuencias.
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