Esa noche me soñó. Se despertó con intención de escribirme, pero su mente… siempre su mente, le dijo que no lo hiciera.
Ella no recordaba como empezó el sueño, pero sí que estaba yo.
Mi voz, primero.
Le decía algo que no importaba, algo cotidiano, algo que en la vigilia nunca habría guardado. Pero en el sueño lo guardó todo. Hasta el tiempo de silencios entre una palabra y la siguiente.
Se despertó con los ojos húmedos, sin saber por qué.
Pasó una semana.
Me soñó de nuevo, pero esta vez la voz ya no era del todo mía. Era parecida. Era el eco de algo que alguna vez había sido. Ella lo notó, en ese lugar donde uno sabe sin poder decirlo. Y antes de abrir los ojos, intentó aferrarse. Intentó escucharme más fuerte, sostener el sonido de mi voz por unos segundos más.
Pero el sonido de la alarma a las 5:45am, la despertó.
Y así, sin aviso alguno dejó de buscar mi voz.
Siguió con el olor.
Todavía recordaba algo, un aroma débil, como cuando uno pasa frente a una panadería cerrada y jura que huele el pan de adentro. Pero ya no estaba segura si era yo o si era solo la idea de que alguna vez hubo algo que quiso recordar.
Intento buscar el arma de mi colonia, pero no lo recordaba. Podía sentir el sentimiento del olor, pero no el olor mismo. No porque quisiera olvidar, sino porque ya no estaba en su memoria.
Mi cuerpo fue lo último.
Después de dejar de buscar mis fotos y videos. Comenzó a olvidar como eran mis manos, y mucho más como se sentían ellas sobre mi cuerpo. Porque la sensación del tacto no vive en la cabeza, vive más adentro, vive en algún lugar sin nombre.
Un domingo cualquiera, mientras hacía ejercicio, se dio cuenta de que ya no lo sabía con certeza. Que si cerraba los ojos y trataba de reconstruirme, las piezas ya no encajaban del todo.
Me había vuelto un nombre sin cuerpo.
Pasaron días sin pensarme. Luego pasaron semanas en que solo apareció mi nombre, de paso, sin peso, como aparece el nombre de alguien que uno conoció en un viaje y nunca volvió a ver.
Sin dolor.
Sin nostalgia
Sin nada.
Pasaron meses, hasta una mañana donde su cuerpo la despertó temprano. Se levantó, llegó a la cocina.
Puso el café.
Abrió la ventana.
Escuchó el sonido de ambiente con esa atención que solo se tiene cuando la cabeza está limpia, cuando no carga nada.
Se sirvió el café.
Lo tomó despacio, mirando el jardín, pensando en lo que haría el resto del día. Y justo en ese momento, finalmente dejé de existir en su memoria.
No por decisión.
No por intención forzada para olvidarme.
Sino porque las memorias que no se alimentan se disuelven solas, como la espuma que deja la ola al retirarse.
Sin drama.
Sin despedida.
El mar no recuerda cada ola y ella ya no me recuerda a mí.
Antes de irte…
Si esta historia te dejó un vacío en el estómago, entonces logró exactamente lo que buscaba.
Escribo historias sobre personas obligadas a tomar decisiones imposibles… y a vivir con las consecuencias.
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