El guerrero había encendido el fuego solo.
No era la primera vez. Tampoco esperaba que fuera la última. Sabía hacerlo sin ayuda: encontrar la madera seca, protegerla del viento, despertar la chispa con paciencia.
Era lo que hacía.
Lo que siempre había hecho.
Se sentó frente a las llamas, con las cicatrices de batallas que nadie más recordaba, y esperó la noche sin pedirle nada a nadie.
Un día, ella apareció.
No venía de ninguna guerra. Pero venía buscando algo. Calor. Fuego. Algo que nunca había tenido y que no sabía exactamente cómo nombrar, solo sabía que le faltaba. Se acercó despacio, con los ojos fijos en las llamas, como quien reconoce desde lejos algo que siempre quiso pero nunca supo cómo encender por su cuenta.
Y juntos lo lograron.
Lo que el guerrero tenía como brasa, ella lo avivó sin saberlo. Lo que ella buscaba sin encontrar, él lo tenía sin saberlo. La fogata creció entre los dos, más alta e intensa que cualquier fuego que cualquiera de los dos hubiera conocido solo. El guerrero nunca había visto arder así sus propias llamas. Ella nunca había sentido ese calor tan cerca.
—¿Me amas? —preguntó.
—Sí —dijo—. Te amo.
—Yo también te amo —respondió ella.
Y se sentó a su lado.
Por un tiempo, la fogata ardió distinto.
Más alta.
Más cálida.
El guerrero no recordaba cuándo había sido la última vez que alguien se sentara tan cerca sin pedirle que dejara de ser lo que era. Se permitió creerlo. Se permitió bajar la guardia.
Entonces llegó la tormenta.
El viento bajó de golpe, frío y violento, sacudiendo los árboles como si quisiera arrancarlos. La lluvia cayó sin aviso, densa, furiosa. El guerrero se inclinó sobre la fogata para protegerla, cubriéndola con su cuerpo, consciente de que si se apagaba tendría que empezar de cero.
Buscó a la mujer con la mirada.
Ya no estaba.
Se había ido sin ruido, sin despedirse, como si la tormenta fuera una señal que solo ella podía leer.
Sin una gota encima.
Sin una sola marca del caos que había dejado atrás.
El guerrero peleó solo contra el viento y la lluvia. Como siempre. Arrodillado sobre las brasas, con las manos quemadas, cuidando un fuego que ella había abandonado sin pensarlo dos veces.
Cuando la tormenta pasó, el fuego seguía vivo. Él también, pero había quedado quemado y agotado. Pasaron los días nublados y noches sin dormir tratando de mantener la fogata ardiendo.
Ella volvió con el sol.
Luminosa. Intacta. Como si nunca hubiera habido tormenta. Como si el guerrero no tuviera las manos quemadas de proteger solo lo que los dos habían construido.
—¿Me amas? —preguntó.
El guerrero miró sus propias manos un momento. Luego la miró a ella.
—Sí —dijo—. Te amo.
—Yo también te amo —dijo ella.
Y se sentó a su lado.
De nuevo el calor. De nuevo la certeza. El guerrero quiso creer que esta vez sería distinto. Que quedarse significaba quedarse de verdad. Que un amor que se nombra dos veces tiene que ser más sólido que la primera.
Entonces llegó el viento.
Esta vez fue peor. No llegó con lluvia sino con frío, ese tipo de frío que no moja sino que penetra, que apaga las cosas desde adentro. La fogata empezó a achicarse. El guerrero se levantó, buscó más leña, trabajó con urgencia para mantenerla viva.
Se dio vuelta para estar seguro que ella estaba bien…pero ya se había ido. De nuevo.
Sin decir nada.
Sin mirar atrás.
Como si amar al guerrero solo fuera posible cuando el fuego estaba alto y el trabajo ya estaba hecho.
El guerrero alimentó las brasas solo. Como siempre.
Cuando todo terminó, se sentó frente a un fuego más pequeño que antes y se quedó mirándolo en silencio. No de derrota, era algo mucho mas difícil de entender.
Ella volvió por tercera vez.
—¿Me amas? —preguntó.
El guerrero tardó más que antes en responder. No porque la respuesta hubiera cambiado. Sino porque esta vez vio con claridad lo que antes no había querido ver.
—Sí —dijo—. Te amo.
—Yo también te amo —dijo ella.
Y era verdad. Él lo sabía. Ella no mentía. Pero su amor no incluía arrodillarse en el barro cuando la tormenta llegaba. Su amor era para el fuego alto, para las noches tranquilas, para la calidez sin costo. No sabía quedarse cuando el guerrero necesitaba que alguien pusiera las manos junto a las suyas para que las brasas no murieran.
Amaba al guerrero. Pero solo cuando ganar era fácil.
Se fue.
El guerrero no la buscó.
Reconstruyó el fuego por su cuenta, más despacio que antes, con menos madera y más silencio. Siguió adelante porque era lo único que sabía hacer. No porque no doliera. Sino porque rendirse nunca había sido una opción para él.
Entonces llegó otra tormenta.
El guerrero se preparó solo, como siempre. Se inclinó sobre la fogata, la protegió con su cuerpo, cerró los ojos contra el viento.
Y escuchó pasos.
Alguien caminaba hacia él en medio de la tormenta.
No descendía de ningún lugar luminoso. Caminaba. Con los pies en el barro, la ropa empapada, el pelo pegado a la cara por la lluvia. Una mujer común, sin brillo sobrenatural, sin perfección imposible.
Se acercó sin dudar.
El guerrero la miró, esperando que se detuviera. Que esperara a que escampara. Que hiciera lo que siempre hacían.
No se detuvo.
Llegó hasta él, se arrodilló en el barro a su lado, y puso las manos sobre las brasas junto a las suyas.
No preguntó si la amaba.
No esperó que el fuego estuviera alto para acercarse.
Solo dijo:
—Te amo.
No como pregunta.
Como decisión.
Juntos cubrieron la fogata. Dos pares de manos en el barro, en medio de la tormenta, sin que ninguno de los dos pidiera al otro que esperara tiempos mejores para quedarse.
El fuego no creció de inmediato.
Pero no se apagó.
Y cuando la tormenta pasó, el guerrero la miró por primera vez sin buscar la salida en sus ojos.
Ella seguía ahí.
Con el barro en las rodillas y las manos calientes de haber sostenido lo mismo que él.
Por primera vez en mucho tiempo, el guerrero no tuvo que proteger el fuego solo.
Y eso, más que cualquier batalla que hubiera ganado, se sintió como victoria.
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