DÍA DE LA PELEA
—¡Padilla!
—¡Padilla!
—¡Padilla!
El techo retumbaba al unísono de su nombre. Era el Madison Square Garden, capacidad total 20 789 espectadores. Era la pelea del siglo. Carlos Padilla, un joven boxeador de Hatillo con récord invicto de doce victorias, pelearía con el actual campeón, también invicto, de Estados Unidos: Jack Miller, un boxeador de casi treinta años, en su mejor momento, con más de veinte peleas y sin aún conocer la derrota.
Carlos, sentado en su banca, miraba sus manos temblorosas.
No era miedo.
Ansiedad.
Bajó la mirada al antebrazo izquierdo. Ahí seguía la cicatriz, una línea blanca y gruesa que le cruzaba la piel de lado a lado, más ancha en el centro, como si alguien hubiera intentado abrirlo en dos. La tocó con el pulgar. Siempre la tocaba antes de salir.
Nunca antes había tenido una pelea tan importante.
—¿Estás listo? —preguntó el entrenador.
—Desde niño —respondió Carlos con una mirada penetrante.
SEIS MESES ANTES DE LA PELEA
Los golpes secos al saco de boxeo liberaban un sonido amenazante. Carlos había demostrado con creces su talento como boxeador. Campeón nacional en Costa Rica a tan solo quince años, campeón centroamericano a los dieciséis, meses después sería boxeador profesional. En Costa Rica, como en muchos otros países, el boxeo no te hace millonario, pero sí reconocido. Carlos caminaba por las calles de su barrio en Hatillo y todos lo saludaban. Algunos por miedo, otros por admiración.
Carlos sabía que para salir de ahí y realmente tener éxito como boxeador debía hacer más que ganar. Así que por meses empezó una campaña en TikTok amenazando y burlándose de Jack. Cada video que el campeón mundial posteaba, Carlos respondía. Muchas veces en español, otras en inglés quebrado. Pero siempre lograba provocar a Jack.
Su cuenta empezó a crecer.
Primero unos miles, luego, meses después, cientos de miles.
Grababa sus entrenamientos, peleas. Insultos y amenazas a Jack. Lograba que todos lo siguieran. Aquellos que eran fanáticos de Jack lo odiaban, y sus admiradores lo adoraban. Pero todos lo seguían y comentaban. Incluso uno de sus videos llegó a ESPN.
Era la oportunidad que Carlos buscaba para retarlo. Lo entrevistaron en el canal más importante de deportes del mundo y en la misma entrevista insultó a Jack y a su esposa. El video fue editado y cortado. Pero los que habían logrado grabarlo se aseguraron de mostrarlo en todas las redes sociales.
Un golpe a la puerta del gimnasio hizo que Carlos parara abruptamente.
—¡Lo lograste, mal parido! —gritó su entrenador.
—¿La tengo?
—Sí la tienes, puta, la tienes. Le vamos a partir el alma.
Después de la entrevista, Jack hizo un comunicado oficial.
«¡Nadie insulta a mi familia sin consecuencias, nadie! Te voy a matar en el ring», decía la traducción al comunicado de Jack.
Unas semanas después la pelea estaba firmada. Sería el 31 de octubre en el Madison Square Garden.
TRES AÑOS ANTES
Carlos corría a toda prisa, apenas salía de su trabajo en el Palí, con su chaqueta verde aún puesta. Iba tarde a su entrenamiento. Llegó unos minutos tarde, lo suficiente para que el entrenador le diera una regañada y lo mandara a hacer cien lagartijas.
Carlos no se quejó.
Nunca se quejaba.
Sabía que nunca había sido un gran estudiante, había sacado el colegio a duras penas y la universidad no era ni de su interés ni de su capacidad económica. Lo que tenía era su aire, podía pelear por horas sin cansarse, y su derecha era brutal. Ya la había comprobado miles de veces en el barrio, en la escuela y al inicio del colegio.
Fue cuando Gerardo, un viejo entrenador de boxeo que había peleado en su juventud para luego montar un pequeño gimnasio en Hatillo, le dijo a la madre de Carlos que para él solo quedaba un camino: prisión. A menos que lo dejara boxear y contener esa violencia.
Su madre accedió, y desde los trece años empezó a entrenar con Gerardo.
Carlos tenía algo en mente desde que empezó a boxear, siempre lo tuvo. Ser campeón mundial. Su forma de pelear era tan violenta que sus mismos compañeros de entrenamiento evitaban hacer sparring con él. Así que, sin que Gerardo se diera cuenta, Carlos peleaba por dinero en peleas clandestinas. A veces diez mil colones la pelea, otras veces veinte mil.
A Carlos le tenían un apodo duro. Se lo había ganado porque, aun cuando lo golpeaban, a los peleadores les dolía golpearlo. Era como golpear hierro, decían. Incluso había una leyenda dentro de Hatillo: golpear a Carlos era una fractura de mano garantizada.
Con lo que juntaba de las clandestinas, Carlos empezó a prestar plata. Primero a los del barrio, luego a los del barrio de al lado. Diez mil hoy, quince mil el viernes. Y cuando alguien no pagaba, iba él mismo.
Nunca mandaba a nadie.
Decía que lo hacía por la familia. Que su madre y los tres hermanastros no iban a comer del aire, y eso era cierto, en parte. Entre los préstamos, las peleas clandestinas y el medio tiempo en el Palí, Carlos los mantenía a todos.
La otra parte era que le gustaba.
En las clandestinas podía terminar los combates en el primer minuto. No lo hacía. Los alargaba. Buscaba el momento exacto en que el otro entendía que no iba a poder, ese segundo en que se le apagaban los ojos, y hasta entonces empezaba a golpear en serio. Una noche dejó a un muchacho de Alajuelita con la mandíbula partida en dos lugares. Le pagaron treinta mil.
Esa noche durmió mejor que nunca.
DIEZ AÑOS ANTES
Carlos salía del colegio, iba para la casa cuando empezó a sentir que lo seguían. Caminó un poco más rápido, luego un poco más, hasta llegar a correr. Eran tres jóvenes los que lo seguían. Carlos los conocía. Yeison, Garita y Perico. Ellos controlaban la venta de drogas y ahora lo buscaban porque Carlos, en una fiesta del barrio, se había besado con la novia de Garita. Ahora lo buscaban para matarlo.
Carlos corrió como nunca, sabía que su vida dependía de eso. Llegó a una esquina, dobló y ahí quedó atónito. Un muro que no recordaba le cerró el paso.
Giró para salir, pero ahí estaban.
Los tres.
Todos con puñales filosos y hambre de sangre.
—¿Ahora qué vas a hacer, mal parido? —dijo Yeison.
—Vamos a ver cómo peleás contra nosotros —afirmó Garita.
—Vengan —respondió Carlos mientras se ponía en guardia. Puños cerrados tan fuerte que sus nudillos se aclararon.
Su corazón latía fuerte. Ya había peleado por un campeonato nacional, pero ahora pelearía por su vida.
Yeison atacó primero, se lanzó con el cuchillo cortándole el brazo. Carlos reaccionó al ardor y a la sangre y lo conectó con su mejor derecha. Ahí mismo Yeison cayó.
Casi de inmediato, Garita lo pateó en la pierna derecha para luego atacarlo en el costado. Con el brazo ensangrentado, Carlos le dio un golpe a las costillas, dos se le quebraron, y luego lo remató con un uppercut a la barbilla. El segundo cayó dormido en el suelo, el sonido seco. Un sonido que sonaba a victoria para Carlos. Faltaba el más peligroso, Perico. Pero ahora su brazo izquierdo, cubierto en sangre, no le respondía.
Carlos primero pensó en su carrera, luego volvió al momento y a lo que importaba: su vida. Perico lo atacó.
Una estocada.
Luego otra.
Carlos se movía fluido, igual como lo hacía en el ring. Solo necesitaba dos cosas: que no lo cortaran y tener el chance de conectar. El segundo se dio unos segundos después. Un golpe justo en la nariz de Perico fue suficiente para que le bañara la cara de sangre, luego otro más al hígado, y cuando cayó lo terminó con una patada.
Ahí quedaron.
Tres en el suelo, y Carlos aún de pie. Su brazo izquierdo ahora inservible. Carlos apoyó su cuerpo contra unas latas que hacían de pared. Una casi cede. Respiraba fuerte mientras miraba su brazo. El corte había sido más grande de lo que había pensado.
Empezó a llorar. No era dolor. Era frustración. Esa noche había una certeza en la mente de Carlos: su carrera había terminado.
El cuerpo de Carlos cedió y cayó al suelo. Carlos no podía dejar de ver su brazo. Luego, unos pasos.
El sonido de zapatos de vestir, un sonido extraño en esa escena. Carlos levantó la mirada. Era un hombre sin cara. Traje oscuro y sombrero de copa.
—Eres una bestia, Carlos.
Carlos no respondió, pero en su mente se preguntaba: ¿cómo sabe él mi nombre?
—Soy un fanático de tus peleas, me encantan. Cuánta violencia, cuánto odio. No temes a nada.
—¿Qué putas quiere? —preguntó Carlos con la respiración agitada.
—A ti.
Carlos no sabía qué decir. Por un momento pensó que estaba muriendo y el diablo estaba recogiéndolo.
—Te voy a curar. No puedo dejar que una bestia como tú muera en un lugar tan mierdoso. A partir de ahora me vas a pertenecer. Tendrás éxito, dinero y fama. Pero cuando te llame, responderás.
Carlos estaba atónito.
—¿Aceptas?
Carlos lo escupió.
—¡Coma mierda!
El hombre rió, una risa que Carlos sintió dentro de su piel.
—Muere, entonces —respondió el hombre, mientras le daba la espalda y empezaba a alejarse.
Carlos pensó en su madre, en sus hermanastros. Pensó en su entrenador y en su carrera.
—¡Acepto! —gritó a todo pulmón.
El hombre se detuvo, giró lentamente la cabeza.
—Perfecto.
—¿Quién es usted? —alcanzó a preguntar Carlos.
—Javier.
Y desapareció entre las luces parpadeantes de la noche.
DÍA DE LA PELEA
Carlos se levantó. Su bata puesta, blanca y gris, con las palabras en rojo y grandes: Carlos DURO Padilla.
Carlos salió entre trotes y brincos desde el túnel. Miró a las más de veinte mil personas, muchos abucheando, pero muchos más gritando su nombre. Jack, a pesar de pelear en casa, no era el campeón del pueblo. Era un hombre arrogante y muchos decían que había comprado el cinturón a punta de peleas suaves. Carlos sería su mayor reto.
La pelea empezó.
Carlos se movió, a un lado, al otro. Fluía como agua en el ring. La gente de pie, gritando. Jack lanzaba golpes, Carlos los esquivaba. Todo era perfecto, tal y como lo había planeado. Carlos tuvo la oportunidad de atacar, lo hizo como siempre lo hacía: con violencia.
Uno de los tres golpes conectó a Jack y este tuvo que retroceder. El lugar completo explotó de emoción. Carlos fue contra él para terminarlo, pero Jack respondió, logró defenderse y girar. La campana sonó y así terminó el primer round.
Empezó el segundo round, todo muy similar al primero. Ambos lanzaban golpes, esquivaban, se movían. Era la pelea tal y como todos la esperaban. Fue hasta que Carlos lo vio.
Primera fila.
Mirándolo fijamente.
El hombre de sombrero de copa.
Carlos quedó frío, no sabía si era real o no. Jack lo golpeó al costado y Carlos cayó de inmediato. Empezó el conteo.
—¡Uno! —gritó el árbitro.
La gente gritaba.
Carlos solo podía mirar al hombre que sonreía.
—¡Dos!
—¡Tres!
Carlos empezaba a recuperarse, sin dejar de verlo. Cuando el hombre dijo algo, solo movió los labios, pero Carlos pudo escucharlo como si lo tuviera al lado: hoy debes morir, Carlos.
—¡Cuatro!
Carlos se puso de pie. El público entero se puso de pie. Gritos de victoria. Su nombre nuevamente retumbaba.
—¡Padilla!
—¡Padilla!
—¡Padilla!
El árbitro limpió los guantes de Carlos y la pelea siguió. Jack se lanzó contra Carlos, llevándolo contra las cuerdas y sujetándolo.
—Javier te manda saludos, Carlos. Hoy debes morir —le dijo Jack en español.
Carlos no sabía qué estaba pasando, su cuerpo se congeló. Jack se alejó lo justo para golpearlo justo en el brazo izquierdo.
El sonido seco de dos huesos quebrándose provocó que Carlos diera un grito de dolor. El público miraba consternado.
Carlos se llevó la mano pegada al cuerpo y dejó de sentirla.
Jack subió la guardia. Carlos levantó el brazo derecho por costumbre. Un golpe al hígado y, justo antes de caer, otro más detrás de la nuca.
Carlos sintió un golpe eléctrico desde la nuca hasta los dedos de los pies, luego… nada. Cayó en la lona. Su cuerpo dormido y lentamente sus ojos empezaron a cerrarse. Lo último que pudo ver fue al hombre de negro y sombrero de copa sonriendo.
Antes de irte…
Si esta historia te dejó un vacío en el estómago, entonces logró exactamente lo que buscaba.
Escribo terror y thriller sobre personas obligadas a tomar decisiones imposibles… y a vivir con las consecuencias. Cada quince días mando un relato inédito por correo: no llega al blog, no llega a redes, no está en Amazon.
De entrada te llega Kilómetro 80: una grúa, una carretera cerrada por la niebla y una mujer que solo deja llevarse a uno. No está publicado en ningún lado.

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