Trescientos gramos menos

En el pueblo de San Isidro de Cristóbal nadie hablaba de sus heridas en voz alta. No por vergüenza.
Sino porque sabían que el dolor, cuando se nombra, crece. Como un perro rabioso que reconoce su propio nombre.

Mateo no era diferente.

Vivía en la casa de esquina, la de paredes color mostaza viejo, con una bugambilia que se trepaba por el frente como si intentara escapar hacia adentro. Todos los días salía a las seis de la mañana, compraba un café con leche en la pulpería de doña Estela, y lo bebía de pie en la acera, mirando hacia ninguna parte.

A veces miraba hacia la casa de ella.

No siempre.

Solo cuando creía que nadie lo veía, en su mente lo hacía de manera sutil.

Valentina se había ido hace cuatro meses.

Tenía la costumbre de acomodarle el cuello de la camisa sin decir nada, como si siempre estuviera corrigiendo algo invisible y luego darle un beso simple pero perfecto. Esa noche no lo hizo al alejarse.

No hubo gritos, ni portazos, ni con el drama que él había imaginado que tendría una separación. Solo se había ido. Fue un domingo de abril, después de varios días de silencio.

Dos maletas y una excusa. No era él, era ella. Sus palabras, no las de Mateo. La relación se había complicado y cuando las cosas se complicaban para Valentina, su respuesta natural era de alejarse y esto lo sabía tristemente Mateo.

Mateo la había amado con la torpeza y miedo de quién no sabe que está amando hasta que ya es tarde para hacerlo con más acción que intención.

Y eso, entendía ahora, había sido el problema.

Pasó lo que pasan los primeros meses sin alguien: mal.

Durmió poco.

Comió peor.

Una noche se levantó a las tres de la madrugada, fue a la cocina, abrió la refri… y no recordaba qué estaba buscando. Se quedó ahí, inmóvil con la puerta abierta, mirando la luz blanca, como si en algún lugar entre la leche y las sobras pudiera encontrarla a ella.

Caminaba por las calles tranquilas con esa sensación constante de que algo adentro de él funcionaba al revés, como un reloj al que le cambiaron las manecillas pero no el mecanismo. Seguía girando. Pero marcaba horas que no existían.

La gente del pueblo le decía lo que siempre dice la gente.

El tiempo cura todo.

Hay más mujeres.

Tienes que salir, distraerte.

Mateo asentía. Bebía su café con leche sin azúcar y miraba hacia ninguna parte. Día a día seguía sintiendo ese peso en el pecho que no era tristeza exactamente, sino algo más preciso.

Más físico.

Como si alguien le hubiera metido la mano por las costillas, agarrado el corazón con los dedos, y decidido sofocarlo hasta que dejara de latir.

Fue don Aurelio fue quien contó la historia del río.

Un miércoles de lluvia, en la pulpería, con tres hombres más escuchando y el aguacero golpeando el techo de zinc como si alguien Dios mismo estuviera vaciando arena desde el cielo.

—Mi cuñado Efraín, el primo de Julia —empezó don Aurelio, con la pausa de quién sabe que lo que sigue vale la pena— quedó atrapado en el río Naranjo el año del temporal del ochenta y nueve. Una rama gruesa como poste de luz lo agarró por la pierna y lo encajó entre dos piedras. No podía zafarse. El agua le llegaba al pecho y seguía subiendo.

El hombre bebió de su taza de agua dulce caliente.

—Gritó por dos horas. Nadie lo oyó. Y el río no bajaba.

Silencio.

—Cuando el agua le llegó al cuello, Efraín tomó una decisión. Les gritó a los que por fin llegaron a rescatarlo que le trajeran un machete. Todos dudaron. Él no. Córtenme el pie, dijo. Córtenlo y me sacan de aquí. Y así fue. Lo hicieron. Lo sacaron y sobrevivió.

Don Aurelio dejó caer la taza hirviendo sobre el mostrador.

—Perdió el pie —continuó—. Pero todavía está vivo. Todavía camina. Todavía toma café. Solo que ahora camina distinto.

La lluvia siguió.

Los hombres siguieron.

Mateo se quedó con la historia clavada en algún lugar entre el pecho y la garganta.

Esa noche no durmió.

No por el insomnio de siempre, ese que venía con la cara de Valentina y el sonido de las maletas arrastrándose por el piso. Sino por otra cosa. Por una pregunta que se instaló en su cabeza como un huésped que no pidió permiso.

Si el río fuera el amor.

Si la rama que te atrapa fuera el corazón.

¿A qué le pedirías el machete?

La respuesta llegó antes de que terminara la pregunta.

Don Próspero vivía al final del camino de lastre, donde el asfalto se rinde y la tierra roja empieza a tener la última palabra. Su casa era pequeña, de madera oscura, rodeada de plantas que Mateo no sabía nombrar pero que olían a algo antiguo, a algo que venía de antes del pueblo y que seguiría después de él.

La gente del lugar decía que don Próspero no era exactamente brujo. Pero cuando necesitaban algo que no encontraban en otra parte, terminaban en su puerta.

Mateo tocó tres veces.

La puerta se abrió sola.

—Sabía que venía, Mateo —dijo la voz desde adentro.

El hombre era pequeño, con el pelo blanco y los ojos del color del río después de la lluvia, ese café turbio que no deja ver el fondo. Usaba una camisa de cuadros azules y pantalón de mezclilla. Parecía el abuelo de alguien, no alguien que pudiera hacer lo que Mateo necesitaba que hiciera.

—Siéntese —dijo don Próspero.

Mateo se sentó en una silla de madera que crujió bajo su peso.

—Quiero dejar de sentir dolor —dijo, sin preámbulo.

Don Próspero no se sorprendió. Solo lo observó con esos ojos de río turbio.

—Eso lo puedo hacer…pero conlleva un precio.

—¿Cuál sería el precio?

—Todo lo que lo hace humano.— respondió don Prospero.

Se levantó, fue hasta una repisa llena de frascos, los miró sin tocar ninguno.

—Puedo hacerlo —dijo finalmente—.

Mateo esperó. Miró a don Próspero que seguía revisando los frascos, como quién intenta recordar una receta que hace mucho no hacía.

—Lo haré, pero no hoy—dijo don Próspero—. Piénsalo por unos días, y si aún lo quieres…lo haré.

Mateo pasó tres días pensando.

Caminó por el pueblo. Tomó su café con leche. Miró hacia la casa vacía de Valentina, que ya tenía las persianas cerradas porque alguien más se había mudado.

Un atardecer, vio a una pareja joven en el parque. Ella le acomodaba el cuello de la camisa, seguido por un beso simple, pero puro. Mateo los miró y no pensó en ellos. Pensó en la última vez que ella hizo eso y como esa vez se convertiría en la última.

Sintió el apretón en el pecho. Y fue en ese momento que prefirió la ausencia al dolor. Porque el dolor, al menos, le recordaba que todavía estaba ahí.

Regresó donde don Próspero al cuarto día.

El brujo no preguntó si estaba seguro. Ya lo sabía.

Lo que hizo don Próspero esa noche, Mateo no lo recordó del todo. Hubo hierbas. Hubo un olor que no supo describir después, algo entre tierra mojada y metal frío. Hubo un momento en que sintió una presión en el pecho que no era dolorosa pero que era definitiva. Como cuando se cierra una puerta que pronto se convertirá en pared.

Y luego.

Nada.

Al día siguiente, Mateo se despertó temprano.

Fue a la pulpería.

Compró su café con leche.

Lo bebió de pie en la acera. Y por primera vez no miró hacia la casa donde antes vivía Valentina. No porque lo evitara. Sino porque ya no se le ocurrió.

Los primeros días, la gente del pueblo notó algo diferente en él, aunque no sabían ponerle nombre. Mateo seguía siendo amable. Respondía cuando le hablaban. Ayudaba si alguien necesitaba ayuda. Pagaba sus cuentas.

Pero sus ojos eran distintos.

No tristes. No vacíos exactamente.

Solo… estables. Como un lago sin viento. Como una fotografía de algo que alguna vez fue vivo.

Don Aurelio fue el primero en decirlo en voz alta, un miércoles de lluvia, en la misma pulpería de siempre.

—A ese muchacho le apagaron algo —dijo, mirando a Mateo por la ventana.

Nadie respondió.

Porque todos lo habían notado y ninguno sabía qué hacer con eso.

Mateo no soñaba con Valentina.

No pensaba en ella al despertar.

No sentía el apretón en el pecho.

Caminaba liviano. Dormía completo. Comía bien.

El dolor se había ido.

Y con él, sin que lo notara de inmediato, se habían ido otras cosas.

La primera vez que vio un atardecer y no sintió nada, lo anotó mentalmente como un dato. La primera vez que una canción que antes lo destruía sonó en la radio y él simplemente bajó el volumen, entendió que algo había cambiado para siempre.

Una noche, su sobrina de cinco años llegó corriendo y se le trepó encima. Sabía exactamente cómo hacerlo. Sabía dónde poner las manos, cómo sonreír, cómo hablarle.

Pero no sintió nada. Como una traducción de lo que debería sentirse, no de lo que se sentía.

La niña lo miró un momento con esa seriedad extraña que tienen los niños cuando perciben algo que los adultos intentan ocultar.

—Tío —dijo—, ¿estás triste?

—No —respondió Mateo.

—¿Estás feliz?

Mateo tardó un segundo.

—Estoy bien.

La niña frunció el ceño.

—Eso no es ninguna de las dos.

Y volvió a jugar, sin esperar respuesta.

Valentina, en otro pueblo, a dos horas de distancia, empezó a tener sueños extraños.

No de Mateo exactamente. Sino de una presión en el pecho que no era su corazón, sino algo más. Algo que cargaba dentro de ella sin saber por qué.

Un peso suave, pero tosco.

Constante.

Como llevar algo de alguien más en el bolsillo y no recordar cómo llegó ahí. A veces, en medio del día, se detenía. Ponía la mano sobre el pecho y podría jurar que sentía dos corazones latir, uno con ritmo más acelerado que el otro.

Mateo siguió viviendo.

Funcional.

Ordenado.

Sin dolor.

Y en las mañanas, cuando compraba su café con leche y lo bebía de pie en la acera, miraba hacia ninguna parte. Como siempre.

Solo que ahora era distinto.

Antes miraba hacia ninguna parte porque le dolía mirar donde ellos en algún momento ya habían estado. Ahora miraba hacia ninguna parte porque ya no había ningún lugar que le importara más que otro.

El río bajó.

La rama lo soltó.

Mateo sobrevivió.

Pero hay cosas que uno no pierde… sin dejar de encontrarse después con alguien que ya no reconoce. Ahora Mateo caminaba distinto, trescientos gramos más ligero. En paz, pero con la zozobra de nunca más poder sentir.

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