Lo último que veo no es la oscuridad. Siento la presión alrededor de mi cuello. Todavía no recuerdo cómo llegué aquí, pero otras imágenes llegan primero.
Las que no esperaba.
Yo, con siete años, corriendo descalzo en un patio que ya no existe. La voz de alguien que me quería sin pedirme nada a cambio. El día que logré algo que nadie creía posible. Ni siquiera yo. Páginas escritas. Cosas construidas con estas manos. Momentos en los que fui suficiente sin tener que demostrarlo.
¿Por qué llegan ahora?
¿Por qué el cerebro guarda eso también?
Después llegan las otras imágenes. No son recuerdos completos. Son destellos. Soy profesional, pero nunca lo suficientemente exitoso para muchos. Soy padre, pero cometí errores. Dediqué mi vida a un arte y muchas veces fracasé.
Pero no siempre fue dolor.
Fui funcional.
Fui feliz.
Hubo años en los que las lágrimas aparecían de tanto reír. Un beso robado. La sonrisa de una mujer especial. Una taza de café caliente con leche, sobre una mesa. Una puerta cerrándose.
Mi corazón comienza a latir más despacio.
Y entonces lo recuerdo. Yo decidí estar aquí. La pregunta no es cómo. La pregunta es por qué.
Dolor, quizá.
Soledad, probablemente.
Pero la verdad es otra. Cansancio. Un cansancio tan antiguo que ya no recuerdo cuándo comenzó. Durante años luché contra las olas. Algunas eran pequeñas. Otras parecían edificios enteros cayendo sobre mí.
Aprendí a resistirlas.
Aprendí a respirar agua.
Aprendí a fingir que los golpes no dolían.
Y mientras resistía las olas, también resistía las voces. No las de los desconocidos. Esas siempre terminan desapareciendo.
Las otras no.
Las otras aprenden dónde vives.
Te esperan en la mesa. Se sientan a tu lado cuando intentas dormir. Susurran que no es suficiente. Que podría hacerlo mejor. Que otros lo harían mejor. Así que aprendí a demostrar. Demostrar en el trabajo. En los logros. En arte hecha de letras y tinta. Como si acumular pruebas fuera a convencer al jurado. Pero el jurado nunca cambia el veredicto. Porque ya había decidido quién era yo antes de escuchar una sola palabra de mi defensa. Eso es lo que hace la mayoría de la gente.
Sobrevive.
Un día más.
Y luego otro.
Y otro más.
Hasta que olvida que existe algo distinto. Entonces apareció ella. No fue magia. No fue destino. No fue ninguna de esas palabras que la gente utiliza para explicar lo que no entiende.
Simplemente apareció.
Y por primera vez en mucho tiempo las olas parecieron alejarse. No porque ella las detuviera. Porque me recordé que existía algo más allá de ellas. Cuando estaba a su lado podía respirar. Podía dormir. Podía imaginar un futuro sin sentir que me estaba mintiendo.
Después se fue, se alejo como lo hace el atardecer antes de que llegue la oscuridad. Y las olas regresaron.
Sobreviví.
Como siempre.
Pero algo había cambiado. Ahora sabía que existía una orilla. Y eso hizo que cada golpe doliera más. Luego el amor volvió. La misma voz, pero diferente. La misma sonrisa pero no para mí. La misma sensación de que quizá la vida no era únicamente una sucesión de heridas, pero con miedo. Qué ingenuo fui.
No por amarla.
Sino porque creí que aquella luz nueva era para quedarse. Cuando desapareció, no fue a ella a quien perdí. Fue la última prueba que tenía de que las olas podían detenerse. Después de eso todo se volvió más pesado.
Más frío.
Más difícil.
Seguí luchando. Dios sabe que seguí luchando. Pero llega un momento en que un hombre mira el horizonte y comprende que no está nadando hacia la orilla. Solo está intentando no hundirse.
Día tras día.
Golpe tras golpe.
Ola tras ola.
Hasta que un día descubre que ya no recuerda por qué sigue moviendo los brazos. Ahora estoy aquí. La oscuridad me rodea. El silencio parece infinito. Y mientras los recuerdos se desvanecen, una parte de mí se pregunta si alguna vez existió realmente un lugar lejos de las olas. O si todo fue una ilusión creada por una mente desesperada.
No lo sé.
Lo único que sé es que estoy cansado.
Terriblemente cansado.
Lo último que veo no es la oscuridad. Es a mí mismo, con el traje blanco. El lugar que me dio un propósito cuando tenía nueve años. Por alguna razón sigo viéndolo.
El ruido de los aplausos.
Los nervios antes de entrar.
La emoción de saber que durante unos minutos nada más importaba.
Y ahí estoy.
Saltando.
Golpeando.
Pateando.
Sonriendo de oreja a oreja. Como si una parte de mí siguiera allí. Esperándome…más allá de la oscuridad.
Antes de irte…
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Escribo historias sobre personas obligadas a tomar decisiones imposibles… y a vivir con las consecuencias.
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