Se despertó sin saber si había dormido. Eso ya era costumbre.

El cuarto estaba igual que siempre: luz gris filtrándose por la ventana, silencio espeso y olor a ropa húmeda que nunca terminaba de secarse. Todo en su lugar. Todo… normal.

Él también lo parecía.

Cuando salía, caminaba recto. Saludaba con un gesto de cabeza, siempre cortés. A veces hasta sonreía: una sonrisa breve, funcional, como una puerta entreabierta para que nadie preguntara de más.

—¿Todo bien?

—Todo bien.

Siempre todo bien.

Pero no estaba solo. Nunca lo estaba.

El monstruo caminaba a su lado. Al principio era apenas una sombra que se estiraba en las tardes largas. Luego empezó a tomar forma.

Nadie más lo veía. Para los demás era un hombre común: un poco cansado, tal vez. Un poco callado. Nada fuera de lugar.

Él, en cambio, lo veía cada vez con más claridad.

Tenía su misma altura, su mismo peso…su misma cara. Al inicio era solo un reflejo torcido, como verse en un espejo viejo y empañado. Ojos hundidos, piel sin brillo. Nada que un buen descanso no arreglara, pensaba.

Pero no mejoraba.

Cada día las facciones se aflojaban un poco más. La boca se estiraba en una mueca constante, no de tristeza, sino de vacío puro. Los ojos ya no miraban, absorbían la luz y consumía su paz.

—No es real —se repetía. Mientras se restregaba con intensidad su cara en la mañana.

Ahí estaba. Sentado frente a él mientras comía. De pie, detrás cuando se cepillaba los dientes. Acostado a su lado cuando intentaba dormir. Al principio todavía podía mirarse al espejo.

Comparar.

Asegurarse.

“Yo no estoy así”.

Hasta que un día dudó. Fue solo un segundo. Un mal ángulo, una sombra mal puesta y en ese instante no supo cuál de los dos era el real.

Después de eso, dejó de mirarse. Evitó el espejo del baño, luego el del cuarto, después; cualquier superficie que reflejara demasiado. Se acostumbró a vivir sin verse.

La gente seguía viéndolo igual.

—Mae ¿todo en orden?

—Bien por dicha…solo un poco cansado, nada más.

Conversaciones ligeras y efectivas, porque explicar que había otra versión de sí mismo pudriéndose frente a sus ojos… sonaba a locura. Los días se volvieron semanas. Las semanas, meses.

Ahora el monstruo ya no se quedaba quieto. Empezó a moverse más rápido que él. A adelantarse. A aparecer antes en los lugares.

A veces entraba a una habitación y ya estaba ahí, esperándolo. Sonriendo con esa boca rota y dientes podridos.

Hubo un punto, sin recordar exactamente cuando; en que dejó de distinguir si lo veía afuera o si lo sentía adentro. Porque ya no solo lo veía…lo sentía en la piel, como si algo caminara por dentro, empujándolo desde el otro lado. Como si su propio cuerpo ya no fuera completamente suyo.

Dejó de salir. No fue una decisión dramática. Simplemente salir y vivir dejó de tener sentido. Afuera todo era demasiado brillante, demasiado rápido, demasiado ajeno. Adentro, al menos, sabía qué esperar: silencio, oscuridad y ese maldito monstruo.

El tiempo a su vez dejó de ser medible. No sabía si era lunes o jueves, si era mañana o tarde. Solo sabía que cada día la figura empeoraba. La cara ya no era cara. La piel colgaba floja en lugares donde no debía. Los ojos se habían convertido en huecos húmedos y oscuros.

Lo peor no era verla. Era reconocerla. Porque en algún nivel profundo sabía que eso era él.

O lo sería.

O siempre lo había sido.

Un día sin luz se levantó sin razón. No había ruido. No había nada distinto. Pero se levantó, se vistió y salió.

La ciudad seguía funcionando como siempre. Carros, luces, gente. Todo en movimiento. Todo… normal.

Nadie lo miró dos veces. Nadie vio lo que caminaba a su lado. Caminó sin rumbo hasta llegar a un cruce. Semáforo peatonal en verde. El monstruo estaba al otro lado de la calle, esperándolo. Más deforme que nunca, una criatura putrefacta y completa, como si ya no fuera una copia de él, sino el destino.

El semáforo seguía en verde. La gente cruzaba. Alguien lo empujó levemente al pasar.

—Mae, ¿va o no va?

No se movió. Solo miraba. El monstruo del otro lado levantó la cabeza. Y por primera vez… sonrió de verdad. El semáforo cambió a rojo y la calle quedó vacía por un instante.

Silencio.

Entonces llegó el sonido: frenos violentos, metálicos. Un golpe seco.

Y después…nada. Solo la sensación de que algo al fin había cruzado.

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