
Fui tu zapato.
El izquierdo, el que más pisó tus sombras.
El que soportó tus carreras, tus huidas,
tus tardes de barro y tus noches sin rumbo.
Me desgasté despacio,
como se gasta el amor:
sin notarlo,
hasta que dolía.
Y cuando mi suela ya no era firme,
cuando el cuero se abrió como una herida vieja,
me dejaste a un lado,
sin odio, sin despedida.
Ahora soy un zapato río.
No me usás, pero tampoco me tirás.
Floto entre tus recuerdos,
mojado de nostalgia,
esperando un pie que ya no volverá.
Mientras tus pasos nuevos brillan,
limpios, seguros,
yo sigo aquí,
hundido en el agua quieta
de lo que fuimos.
No me matás porque sabés que dolería.
Pero tampoco me salvás.
Soy ese pedazo de pasado
que aún respira bajo el lodo,
sin poder hundirse del todo.
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