(Archivo clasificado — Antes de la caída)

Javier no confiaba en los teléfonos.
No porque creyera que estuvieran intervenidos —eso era obvio—, sino porque los teléfonos daban la ilusión de cercanía. Y la cercanía, en su mundo, era peligrosa. Las órdenes no se decían. No se explicaban. No se negociaban. Llegaban.
Por eso, cuando el teléfono vibró a las 6:17 de la mañana, supo que algo estaba mal.
No lo tomó de inmediato. Dejó que vibrara una vez más sobre la mesa de noche. El sonido era corto, insistente, casi educado. Como alguien que toca una puerta sabiendo que no debería estar ahí.
Javier se sentó en la cama. Apoyó los pies en el suelo frío. Respiró.
El número no estaba guardado.
Eso no significaba nada… y significaba todo.
—¿Sí? —dijo al fin, con voz neutra.
Silencio.
No el silencio normal de una mala señal, sino uno espeso, cargado. Javier pudo escuchar su propia respiración al otro lado de la línea.
—¿Javier? —preguntó una voz masculina, baja, cuidada.
No respondió.
—Te buscan —continuó la voz—. Pero no es lo que piensas.
Eso fue suficiente para confirmar que sí era exactamente lo que pensaba.
Javier colgó.
Se quedó mirando el teléfono un segundo más, como si esperara que volviera a vibrar. No lo hizo. Afuera, la ciudad empezaba a moverse. Un bus pasó. Un perro ladró. La vida normal seguía su curso, ajena a la pequeña grieta que acababa de abrirse.
Se levantó y fue a la cocina.
La mesa estaba vacía.
Eso lo tranquilizó… y lo inquietó al mismo tiempo.
Los sobres nunca fallaban. Nunca llegaban tarde. Nunca se equivocaban. Eran puntuales como la muerte. Que no hubiera uno esa mañana significaba que alguien había decidido romper el protocolo.
Y cuando el protocolo se rompía, alguien terminaba mal.
Preparó café. Negro. Sin azúcar. Mientras el agua hervía, repasó mentalmente los últimos trabajos. Todo limpio. Todo ejecutado según lo acordado. Ninguna variación. Ningún testigo innecesario. Ninguna improvisación.
Entonces, ¿por qué llamar?, pensó.
El café estuvo listo. Lo sirvió. No se sentó. Tomó un sorbo y dejó la taza sobre la mesa.
Fue entonces cuando escuchó el golpe en la puerta.
No un golpe fuerte. Dos toques suaves. Medidos. Exactos.
Javier no se movió.
Los sobres nunca venían con golpes.
Las llamadas nunca venían con visitas.
El tercer golpe llegó diez segundos después. Un poco más firme. Un poco más urgente.
Javier se movió sigilosamente al cuarto, los pies descalzos evitaban crear más sonido del necesario. Abrió la gaveta de la mesa de noche y tomo su glock. Caminó lentamente hasta la puerta. No miró por la mirilla. Eso era para gente que esperaba ver algo distinto de lo que ya sabía.
Abrió.
El hombre del otro lado tenía unos cincuenta años. Traje gris. Zapatos caros. Manos limpias. No parecía nervioso. Eso era lo que más lo delataba.
—Hola Javier —dijo el hombre—. Lamento la llamada. Y la visita.
Javier lo observó en silencio.
—No vengo a dar órdenes —continuó—. Vengo a evitar una.
Eso sí llamó su atención.
—No recibo órdenes así —dijo Javier al fin—. Y no recibo visitas.
—Lo sé —asintió el hombre—. Por eso estoy acá.
Javier lo dejó pasar.
No por cortesía.
Por control.
El hombre se sentó sin que se lo ofrecieran. Primer error. Javier lo anotó mentalmente.
—Hubo un problema —dijo el visitante—. Un malentendido interno. Un nombre que apareció donde no debía.
Javier lo miraba detenidamente, tratando de leer sus movimientos y preparando mentalmente una situación que ninguno de los dos deseaban en ese momento.
—No me interesan los problemas de otros.
—Deberían interesarle —respondió el hombre—. Porque el nombre es el suyo.
Silencio.
No uno incómodo. Uno clínico.
—Alguien pidió que lo eliminaran —continuó—. No oficialmente. No por la estructura. Por eso la llamada. Por eso yo.
Javier sintió algo moverse dentro de él. No miedo. No rabia.
Curiosidad.
—¿Y por qué sigo vivo? —preguntó.
El hombre sonrió apenas.
—Porque alguien más pidió que no.
Eso sí fue nuevo.
Javier caminó hasta la mesa, dejó el arma sobre la mesa. Tomó la taza de café. Bebió. El calor le bajó por la garganta como una línea de fuego controlado.
—Tienes que entender que esto no es usual Javier —dijo—. Cuando sales en la lista, sabes lo que pasa.
El hombre se levantó.
—Solo quería conocer el hombre que puede salir de la lista.
Antes de irse, dejó algo sobre la mesa.
No era un sobre negro.
Era una fotografía.
Javier la tomó después de cerrar la puerta. La observó con detenimiento.
Era él.
Más joven. Entrando a un edificio. Fecha de hacía años. Un trabajo antiguo. Uno de los primeros.
Javier sintió una leve presión en el pecho.
No culpa.
No remordimiento.
Conciencia.
Entendió algo en ese instante: no solo lo usaban. Lo observaban. Lo archivaban. Él también era un expediente.
Rompió la foto en cuatro partes. Las tiró a la basura. Lavó la taza. Guardó el arma en el mismo lugar y la misma posición. Se duchó. Se vistió.
Antes de salir, miró la mesa una última vez.
Seguía vacía.
Ese día no hubo trabajo.
No hubo sobre.
No hubo muerte.
Y, sin embargo, Javier supo que algo había cambiado.
Porque por primera vez desde que empezó, entendió que no solo ejecutaba órdenes.
Algún día, alguien iba a darlas… sobre él.
Y ese pensamiento —breve, incómodo, real— fue la primera grieta en la calma que tanto amaba.
Este archivo pertenece al pasado. Las consecuencias se revelan en Sombras de Justicia: El Vigilante
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