
Soy la bestia que nadie quiso mirar.
No nací en la luz ni en la calma:
fui parido por el abandono,
amamantado por el silencio,
criado en una cueva donde las paredes
eran más frías que cualquier abrazo.
Mis cicatrices no son historias,
son marcas de guerra,
tatuajes que me dejó la vida
cuando intentó arrancarme la piel.
Cada línea rota sobre mi cuerpo
es un recordatorio de que sobreviví
a todo lo que quiso destruirme.
Mi rostro ya no pertenece
al hombre que fui.
La sombra lo moldeó a golpes,
la tristeza lo deformó,
la rabia lo afiló.
Y aun así, aquí estoy:
de pie, respirando,
retando al mundo con cada latido.
Aprendí temprano
que nadie vendría a rescatarme.
Que los monstruos que temía
eran más tiernos que las personas.
Que la traición duele más
cuando viene de quien te decía “estoy aquí”.
Por eso me hice fuerte
a punta de soledad,
por eso mi piel es dura
como piedra que conoció el invierno.
Viví tantos años en la oscuridad
que dejé de temerle.
Me convertí en ella.
La cueva no fue prisión,
fue templo.
Allí aprendí a escuchar
mis propios huesos crujir
y a amar ese sonido,
porque significaba que seguía vivo.
Yo soy la bestia:
el que no se rinde,
el que no se quiebra,
el que se levanta aunque le falte el alma.
Soy esa figura gigantesca y herida
que camina sola,
que asusta al mundo
porque el mundo teme
a quien no puede destruir.
Fui desfigurado por golpes,
pero forjado por fuego.
No soy bello,
soy invencible.
No soy blando,
soy eterno.
Y aunque mis pasos retumben
como un animal que nunca conoció el hogar,
sé que dentro de mí late
algo más feroz que el odio,
más profundo que el dolor:
la voluntad de seguir.
Porque la oscuridad es mi casa,
mi arma,
mi manto.
Y si alguna vez salgo de ella,
no será para buscar amor,
sino para mostrarle al mundo
que incluso las criaturas rotas
pueden convertirse en leyenda.
Yo soy la bestia.
Y no necesito que nadie me salve.
Mi fuerza nació
de todo lo que me dejó solo.
Sin comentarios