No recordaba en qué momento había dejado de distinguir el dolor físico del resto. Antes, el dolor era algo concreto: un golpe, una herida, un músculo desgarrado…ahora era otra cosa.
Una presión constante detrás de los ojos, como si algo empujara desde dentro intentando abrirse paso. Un temblor que nacía en las manos y trepaba por los brazos. Un hambre que ninguna comida podía saciar. Un frío que persistía aunque el aire ardiera, pero sobre todo, la certeza de que algo faltaba.
Siempre faltaba algo.
Se sentó en el borde del colchón. El resorte crujió, cansado de sostener lo poco que quedaba de él. El cuarto se había vuelto pequeño. Las paredes se acercaban día tras día, el techo descendía, el aire se espesaba. O quizá era él quien se encogía, quien perdía volumen, quien dejaba espacio para que otra cosa ocupara su lugar.
Se pasó una mano por la cara. La piel le resultaba áspera, ajena, como si ya no le perteneciera del todo.
—Solo por hoy —murmuró.
La frase salió sin fuerza, como un reflejo gastado. Sus dedos encontraron la jeringa dentro de la mochila sin necesidad de mirar. Siempre la encontraban. Esa memoria muscular era lo único que aún parecía suyo. Preparó la dosis con movimientos automáticos. Cuando la aguja penetró la piel y la sustancia entró en su torrente sanguíneo, cerró los ojos. No por placer, el placer había muerto hacía mucho. Cerró los ojos porque sabía lo que vendría: el silencio interior, la caída hacia adentro… y la llegada al otro lugar.
El cambio nunca era inmediato.
Primero llegaba un silencio que no pertenecía al cuarto. Un silencio que apagaba el mundo desde dentro. Luego, la sensación de caer, no hacia abajo, sino hacia un lugar más profundo que el propio cuerpo.
Y entonces—
—Papá.
La voz lo arrancó de la nada.
Abrió los ojos. La luz era cálida, suave, casi misericordiosa. El techo blanco, limpio. Una ventana abierta dejaba entrar aire verdadero, aire que no había que empujar dentro de los pulmones.
—Papi, te dormiste otra vez —dijo la mayor, de pie con los brazos cruzados, fingiendo fastidio.
La menor ya se había lanzado sobre él, abrazándolo con una confianza absoluta, demasiado perfecta.
—Prometiste que hoy no ibas a trabajar tan tarde —insistió la mayor.
Él las miró. Sus respiraciones eran naturales. Sus expresiones, precisas. Sus voces, sin eco, sin distorsión.
Todo era demasiado real.
—Sí… lo sé —respondió, y su voz sonó normal. Aquí siempre sonaba normal. En este lugar, todo encajaba. Todo tenía sentido, incluso él.
El restaurante bullía de actividad, pero nunca caótico. Cada mesa ocupada, cada plato servido con exactitud, cada conversación en su punto justo. Él se movía entre las mesas con una seguridad que nunca había poseído en la otra vida. Sabía qué decir, a quién sonreír, cómo resolver cualquier “ajuste”.
—Jefe, hay un problema con una orden —dijo un cocinero.
—No es un problema —contestó él sin dudar—. Es solo un pequeño desajuste. Yo me encargo.
Y lo hacía. Siempre lo hacía, aquí nunca fallaba. Pero a veces, en los bordes de la visión, algo se deslizaba. Una grieta. Un instante donde el orden parecía… frágil.
Esa noche, mientras cerraba la caja, un número no coincidió del todo. No estaba mal. Solo… no encajaba. Lo revisó tres veces. Todo cuadraba. Sin embargo, la sensación permaneció: la de una palabra mal pronunciada en un idioma que casi entendía.
En casa, las niñas ya estaban en pijama. La menor dibujaba en la mesa.
—Papi mira —dijo, extendiendo el papel—, hoy dibujé algo para vos.
Era una casa. Tres figuras. Y detrás, una forma oscura, indefinida, como una mancha que absorbía la luz del dibujo.
—¿Qué es eso? —preguntó él.
La niña lo miró como si la respuesta fuera obvia.
—Es donde te vas cuando no estás completo.
Un frío fino le recorrió el pecho.
—¿Yo no me voy?
Ella se encogió de hombros.
—Sí te vas. Pedazo a pedazo.
Esa noche tardó en dormirse. Sabía reconocer el momento exacto en que el sueño dejaba de ser descanso y se convertía en tránsito. Miró el techo. Todo estaba en su lugar. Entonces, ¿por qué sentía que algo lo observaba desde un ángulo que no podía ver?
Cerró los ojos.
Y cayó.
Despertó con sabor metálico en la boca. Oscuridad. El otro cuarto. El que solía llamar real. El temblor regresó, más profundo. El cuarto parecía más estrecho, como si algo más respirara dentro de él.
Se acercó al espejo.
Su reflejo lo miró. Pero detrás —o dentro— de sus ojos, algo se movió. Una marca nueva había aparecido en su pecho: una presión oscura bajo la piel, como si algo empujara desde el interior, intentando salir… o tal vez entrar.
Los días se mezclaban. Cada regreso al otro lugar lo hacía más sólido, más completo. Y esta realidad se deshilachaba. Una noche, en la casa perfecta, la mayor se sentó frente a él. No había televisión. Solo silencio.
—Papi… ¿te gusta estar acá?
—Claro que sí amor.
Ella lo miró fijamente. Demasiado fijamente. Sus ojos parecían más viejos que su rostro.
—Entonces quédate.
—Estoy acá.
—No lo estás siempre —susurró ella—. Todavía estás partido. Y mientras estés así, nosotros solo podemos… esperar.
El aire se volvió denso.
—¿Qué significa eso hija?
La niña inclinó la cabeza en un ángulo apenas equivocado.
—Que todavía queda algo de ti allá. Y eso nos impide ser… completos.
Esa misma noche entró al cuarto de las niñas. Dormían sincronizadas, respirando al mismo ritmo.
Se acercó.
Ambas abrieron los ojos al unísono.
—Papá —dijeron con una sola voz, suave y antigua—. Si te quedas… nosotros seguimos existiendo.
Sus sonrisas eran idénticas. Demasiado simétricas. Como si hubieran practicado esa expresión durante siglos.
—¿Nosotros? —preguntó él, con la garganta seca.
—Nosotros —repitieron—. Los que ocupamos el espacio que dejas.
Despertó en el cuarto estrecho con un dolor que no era solo suyo. Era como si algo le estuviera arrancando pedazos desde dentro. Se arrastró hasta la mochila. Sus manos temblaban. Preparó una dosis mayor. Ya no importaba la cantidad.
—Solo por hoy… —susurró.
Pero esta vez sonó como una rendición. Cuando la sustancia entró, no hubo caída…solo llegada. Despertó en la cama amplia. Las niñas estaban allí, esperándolo con paciencia infinita.
—¡Te quedaste! —dijo la mayor sonriendo..
Por primera vez, no sintió duda. El tiempo transcurrió de verdad. El negocio creció. Las niñas crecieron. Todo evolucionaba con naturalidad. Pero a veces, muy pocas veces, había fallas. El espejo que tardaba un segundo de más en reflejarlo. Las sombras que se quedaban quietas cuando él ya se había movido. El silencio que parecía escuchar.
Una mañana se miró en el espejo. Durante un instante, no estaba. El reflejo tardó en aparecer. Cuando lo hizo, sonrió un poco más de lo que él había sonreído.
Esa noche, la menor lo abrazó fuerte.
—Papi…
—¿Sí?
—Ya casi.
—¿Casi qué amor?
Ella apoyó la cabeza contra su pecho y susurró:
—Ya casi no queda nada de ti allá.
Él no preguntó más. No quería saber. Porque este lugar se sentía real. Más real que cualquier cosa que hubiera conocido.
Días después, en un cuarto pequeño y sucio de una ciudad olvidada, encontraron un cuerpo.
Estaba solo.
Quieto.
Con una expresión imposible de clasificar.
No era paz.
No era dolor.
Era algo intermedio.
Sonreía.
Y en el espejo sucio del cuarto, durante un instante demasiado largo, algo que ya no era humano pareció quedarse mirando hacia afuera… con curiosidad antigua, paciente, hambrienta. Como si finalmente hubiera encontrado un lugar cómodo donde existir.

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