Archivos de Sombras – Antes de la caída
Javier Ramírez despertó sudando en la oscuridad de su departamento, o al menos creyó que había despertado. La habitación olía a pólvora y sangre ajena. La misma que nunca lograba quitar del todo de debajo de sus uñas. Se sentó en la cama y vio que no estaba solo. Alrededor de él, de pie en las sombras, estaban ellos.
El primero era el narco del callejón. Un tiro en la nuca, limpio, sin testigos. Ahora lo miraba con los ojos vidriosos, la cabeza inclinada en un ángulo imposible. A su lado, la mujer del caso de extorsión. La había ahogado en su propia bañera porque sabía demasiado sobre los policías corruptos que Javier había sido enviado a proteger. Su cabello todavía goteaba agua sucia sobre el piso de madera. Más atrás, el joven informante que había entregado a los lobos solo para ganar tiempo. El chico tenía todavía la marca de la cuerda en el cuello y sonreía con dientes rotos. Javier intentó levantarse, pero sus piernas no respondían.
El sudor le corría por la espalda como hielo.
Uno por uno se acercaron.
No hablaban.
Solo lo miraban.
En sus ojos no había odio, solo una tristeza cansada, como si ya supieran cómo terminaba esto. El narco levantó la mano y señaló la pared detrás de Javier. Allí, escrito con lo que parecía sangre seca, había una sola línea: “Todo lo que enterraste sigue respirando dentro de ti.” Javier cerró los ojos con fuerza, como hacía siempre para hacer desaparecer las visiones. Cuando los abrió de nuevo, estaban más cerca. El aliento frío de la mujer le rozó la oreja. —Nosotros no somos los que te persiguen —susurró ella con voz húmeda—.
Somos solo los que te recordamos quién eres.
El joven informante se inclinó hasta quedar a centímetros de su cara. Sus labios se movieron sin emitir sonido al principio.
—Ella sabrá lo que haces… y ese será tu fin.— dijo lentamente, con una voz que parecía salir de lo lejos.
Javier se incorporó de golpe, jadeando.
La habitación estaba vacía.
La luz gris del amanecer entraba por la ventana rota. No había sangre en la pared, ni nadie a su alrededor. Solo el silencio.
Se pasó las manos por la cara y sintió la humedad. No sabía si era sudor o lágrimas. Miró sus palmas y, por un segundo, creyó ver restos de sangre que no estaban allí. Se levantó, encendió un cigarrillo con manos temblorosas y se acercó a la ventana. Abajo, la ciudad despertaba como si nada. Pero Javier Ramírez sabía la verdad. Ellos nunca se iban. Solo esperaban a que cerrara los ojos otra vez. Y ella… quienquiera que fuera esa “ella”… ya estaba empezando a mirar.
Este archivo pertenece al pasado. Las consecuencias se revelan en Sombras de Justicia: El Vigilante
Historias que no llegaron a los libros.
Relatos exclusivos del universo Sombras de Justicia directo a tu correo.

No responses yet