
El sobre llegó un martes.
Eso era importante, aunque Javier no lo pensara en voz alta. Los martes eran días sin ruido. No había prisas, no había excesos. Nadie hacía movimientos grandes un martes. Los martes eran perfectos para cosas que no debían llamar la atención.
No fue deslizado por debajo de la puerta, ni entregado por un mensajero nervioso, ni dejado en el parabrisas como en las películas baratas. Nadie tocó el timbre. Nadie dejó rastro de urgencia o miedo. El sobre simplemente estaba ahí, sobre la mesa de la cocina, cuando Javier regresó del gimnasio.
Eso también era parte del acuerdo.
El sobre siempre aparecía cuando él no estaba. Nunca cuando dormía. Nunca cuando entrenaba. Nunca cuando podía sorprender a alguien. Javier no sabía cómo entraban, ni le interesaba saberlo. Preguntar era una forma elegante de morir antes de tiempo.
Lo que sí notó —lo que siempre notaba— fue la precisión.
El sobre estaba alineado con el borde de la mesa, paralelo a la veta de la madera, colocado a la distancia exacta para ser visto apenas al entrar en la cocina. No más cerca. No más lejos. Como si alguien hubiera sacado una regla del bolsillo, medido, corregido un milímetro y recién entonces lo hubiera dejado ahí.
Eso no era amenaza.
Era profesionalismo.
Javier cerró la puerta detrás de sí y dejó las llaves donde siempre. No miró alrededor. No revisó ventanas. Ese momento ya había pasado. Si el sobre estaba ahí, la casa había sido tomada prestada… y devuelta intacta.
Se quitó la camiseta sudada, la colgó en el respaldo de la silla y respiró hondo. El olor a metal, cloro y goma del gimnasio todavía le llenaba los pulmones. Le gustaba ese olor. Le recordaba que su cuerpo funcionaba. Que estaba listo.
No se sentó.
Nunca se sentaba cuando había un sobre negro en la mesa.
Sentarse implicaba quedarse. Implicaba considerar. Implicaba abrir la puerta a pensamientos que no servían para nada. Javier había aprendido, hacía mucho tiempo, que las decisiones importantes se tomaban de pie, con el cuerpo alerta y la mente limpia.
Tomó el sobre con dos dedos. Pesaba lo justo. Ni liviano, ni cargado. El peso exacto de una orden.
No lo abrió de inmediato.
Ese era su pequeño ritual. El único lujo que se permitía.
Primero confirmaba que todo estaba en orden:
— El sobre era negro. Siempre negro.
— El papel, grueso. De buena calidad.
— Sin sellos. Sin marcas. Sin nombres.
Eso significaba que el trabajo estaba aprobado por él…Rodrigo. El único al que tenía que responder sin negación y en silencio, el que mandaba los sobres negros.
Con la uña del pulgar abrió el borde superior. Sin romperlo. Sin rasgarlo. Como quien abre un expediente médico o una carta vieja que no le pertenece.
Dentro había lo de siempre.
Una fotografía.
Una dirección.
Una hora.
Nada más.
Nunca había palabras. Nunca explicaciones. Nunca justificaciones. Porque las justificaciones eran para la gente que todavía necesitaba dormir bien por las noches.
Javier no necesitaba instrucciones detalladas. No necesitaba saber por qué. No necesitaba entender el contexto. Él no era juez. No era verdugo moral. Era una herramienta.
Y las herramientas no preguntan.
Observó la fotografía con atención, como si se tratara de una pieza mecánica. No buscó emociones en el rostro. Buscó patrones: postura, edad aproximada, descuidos, cansancio. La clase de hombre que repetía rutinas sin darse cuenta.
Después miró la dirección. La ubicó mentalmente. Entradas. Salidas. Tránsito. Iluminación.
Por último, la hora.
Eso era lo más importante.
La hora no decía cuándo matar. Decía cuándo el mundo estaría listo para que alguien dejara de existir sin levantar sospechas.
Javier volvió a guardar todo en el sobre. Lo dejó exactamente en el mismo lugar donde lo había encontrado, alineado, correcto. No por respeto. Por costumbre.
En ese punto del proceso, no sentía nada.
Ni emoción.
Ni culpa.
Ni placer.
Eso vendría después.
Ahora solo había una cosa clara y simple, casi reconfortante en su simplicidad:
alguien había tomado una decisión… y él iba a ejecutarla.
Así funcionaba su mundo.
Orden.
Acción.
Silencio.
Y mientras se dirigía al baño para ducharse, con el sobre negro abierto esperándolo pacientemente sobre la mesa, Javier pensó —sin miedo, sin drama— que lo más perturbador de todo no era lo fácil que le resultaba matar.
Mientras se duchaba revisaba mentalmente lo que venía dentro del sobre: Un hombre de unos cuarenta y tantos años. Cabello corto, entradas discretas, barba mal cuidada. Lentes rectangulares. Camisa clara, sin corbata. No sonreía. No parecía feliz. Tampoco infeliz.
Era un rostro olvidable. Y eso, pensó Javier, siempre era una ventaja.
Luego analizaba el lugar: La dirección correspondía a un edificio en Rohrmoser. Clase media alta. Parqueo subterráneo. Salida directa a una vía principal. Javier ya estaba armando el mapa mental sin darse cuenta.
Y por último repasó la hora: 7:43 p.m.
Exacta. No “alrededor de”. No “antes de”. Exacta.
Eso le confirmó lo que ya sospechaba: no era un encargo improvisado. Alguien había observado. Medido. Calculado. El tipo tenía una rutina.
Es un contador, pensó.
No un narco. No un sicario. No un político.
Eso importaba.
No porque lo hiciera menos culpable. Sino porque lo hacía más humano.
Javier sabía bien cómo funcionaban esos trabajos. El contador no era el objetivo real. Era un nodo. Un punto débil. Un engranaje pequeño pero indispensable. Alguien necesitaba que dejara de cuadrar números. Que dejara de firmar balances. Que dejara de recordar.
Un accidente de tránsito era perfecto.
Limpio.
Creíble.
Sin mártires.
Javier se sirvió un vaso de agua. Lo bebió despacio. No porque estuviera nervioso, sino porque el cuerpo necesitaba seguir creyendo que aquello era una noche normal.
Mientras bebía, una parte de él —la que todavía conservaba algo parecido a una conciencia— se activó.
Lavó el vaso. Lo dejó boca abajo. Actos pequeños. Cotidianos. Como si al repetirlos pudiera convencerse de que aún pertenecía al mundo de los hombres normales.
Miró el reloj. 5:47 p.m.
Tenía tiempo.
Se vistió con ropa neutra. Nada llamativo. Nada memorable. Zapatos cómodos. Chaqueta oscura. Guantes en el bolsillo, por si acaso. No llevaba armas. No las necesitaría.
Salió del apartamento a las 6:02 p.m.
La lluvia había empezado como una llovizna tímida. De esas que no obligan a correr, pero que incomodan lo suficiente como para que nadie quiera quedarse en la calle. El cielo estaba gris, bajo, aplastando la ciudad.
Perfecto.
Condujo sin prisa. Con el radio apagado. No necesitaba música cuando trabajaba. El silencio lo ayudaba a escuchar lo importante: el ritmo de su respiración, el tráfico, los errores ajenos.
Llegó a las cercanías del edificio a las 7:10. Estacionó a dos cuadras. Caminó bajo la lluvia, mezclándose con la gente que regresaba a casa. Nadie lo miró dos veces. Nunca lo hacían.
A las 7:31 vio al contador salir del edificio.
Confirmó lo evidente: mismo hombre de la foto. Mismo andar cansado. Maletín en la mano izquierda. Llaves en la derecha. Rutina grabada en el cuerpo.
Javier lo miraba en la distancia, como animal que asecha a su presa. El contador subió a su Toyota sedán gris. Javier hizo lo mismo con su vehículo, manteniendo dos carros de por medio.
El tráfico estaba pesado. Hora pico tardía. Nadie iba rápido. Nadie iba atento. La lluvia hacía su trabajo: reducir reflejos, aumentar errores.
El semáforo en la intersección clave estaba en rojo cuando llegaron.
Javier ya sabía que eso iba a pasar.
Javier no dejaba nada al chance…nunca y ya conocía la secuencia de luces, bastante efectivo para situaciones como estas. Sabía cuánto duraba el verde. Cuánto el amarillo. Sabía que, si todo salía como estaba previsto, el contador arrancaría apenas el semáforo cambiara, con la atención puesta en llegar a casa y no en el retrovisor.
7:43 p.m.
El semáforo cambió.
El contador avanzó.
Javier aceleró lo justo. No para chocar. Para empujar.
El golpe fue seco. Preciso. Suficiente para desestabilizar, no para destruir. El sedán se desvió hacia el carril contrario justo cuando un furgón venía en sentido opuesto.
Metal contra metal. Vidrio estallando. Un sonido que no era explosión, sino colapso.
Silencio después.
Javier frenó unos metros más adelante. No bajó del auto. No miró por el retrovisor. No comprobó nada. No necesitaba hacerlo.
Sabía cuándo un trabajo estaba hecho.
Arrancó de nuevo. Se perdió entre el tráfico que ya comenzaba a frenarse por el accidente.
Mientras conducía, sintió algo familiar.
No culpa.
No miedo.
No euforia.
Vacío.
Un vacío limpio. Ordenado. Como una habitación recién pintada.
Y eso lo calmó.
Cobró en efectivo esa misma noche. Un estacionamiento subterráneo distinto. Otro sobre. Otro color. Esta vez gris. El dinero estaba contado con exactitud. Sin billetes de más. Sin error.
Javier guardó el sobre en el maletero. Subió al auto. Se quedó sentado un momento, con el motor apagado.
Ahí fue cuando la otra parte de él habló.
La parte que no necesitaba ese trabajo.
La parte que sabía, con claridad quirúrgica, que lo que hacía estaba mal.
Mataste a un hombre, se dijo.
Tenía familia. Rutinas. Miedos. Tal vez alguien lo esperaba para cenar.
Javier apoyó la frente en el volante.
—Sí —susurró—. Lo sé.
No se engañaba. Nunca lo hacía. No se decía que era justicia. No se decía que el hombre “se lo merecía”. No se decía que estaba limpiando el mundo.
Sabía exactamente lo que era: un asesino a sueldo.
Y, aun así…
Encendió el motor.
Porque otra verdad convivía con esa, incómoda, imposible de borrar:
Amaba matar.
No el acto en sí.
No la sangre.
No el sufrimiento.
Amaba el momento previo.
La concentración absoluta.
La claridad mental.
La sensación de estar completamente presente, sin ruido emocional.
En esos instantes, no había dudas.
No había pasado.
No había futuro.
Solo una línea recta entre decisión y consecuencia.
Y en un mundo lleno de caos, eso era una forma torcida de paz.
Mientras manejaba de regreso a casa, pensó en cuánto tiempo podría seguir viviendo así. Pensó en si algún día esa dualidad —el hombre que sabe que está mal y el otro que no quiere dejar de hacerlo— terminaría rompiéndolo.
No tenía la respuesta.
Pero sabía algo más peligroso:
Mientras no sintiera nada después de un trabajo, seguiría aceptándolos.
El día que sintiera algo…
Ese día, todo iba a cambiar.
Y Javier, en el fondo, temía y deseaba ese momento por igual.
Este archivo pertenece al pasado. Las consecuencias se revelan en Sombras de Justicia: El Vigilante
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